Llueve distinto
Llueve elegante
Llueve solemne,
como debe llover en los
entierros.
Hilos finos y constantes
a media pulgada los unos de
lo otros.
Llueve y no es un
acontecimiento
y no son humildes goterones.
Llueve y es una catedral
gótica
puesta boca abajo.
Por las calles de Old Town
todavía
encienden chimeneas los fantasmas,
se arrastran los jóvenes que
buscan en la droga
algún rito de la era
victoriana.
Los emigrantes españoles
mejoran el acento
practicando inglés con las
gaviotas.
En las noches estrelladas
puede verse
un Adam
Smith de bronce
que abandona triste su peana
y recoge por el suelo los peniques
olvidados en las calles
aledañas.
Un aliento azul del mar del
norte
atraviesa cada quince días
la ciudad
colocando atunes y salmones
en los orificios corporales
de los muy enamorados.
Se sabe que el espíritu de David
Hume
sigue encendiendo el fuego
cada noche
en la convicción escéptica
de que cualquier año de
estos
dejará de hervir el agua.
Nadie confía de verdad en
las nubes
porque todos saben que un
hombre abandonado
en una sola noche a la
intemperie
puede convertirse sin más
en una rata.
Uno tiene la sensación
de que el olvido aquí
lo borra todo…
diez veces más rápido.
No es buena idea morirse en
Edimburgo,
Y te preguntas
¿por qué habrá tantas
ambulancias?
En el retiro umbroso de los
cementerios
una capa de terciopelo verde
impide leer
los nombres
de las lápidas.
