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viernes, 27 de noviembre de 2015

II

Yo volvía del colegio y era un niño
caminando por la acera de mi barrio
con toda mi conciencia para mí
como un parque recién inaugurado.
Entonces jugaba siempre el mismo juego
en mi mente había un botón
que yo pulsaba.

Los coches se quedaban congelados
los pájaros en pause
los niños a mitad del tobogán
los abuelos a punto de entregar la receta en la farmacia
hasta la lluvia se quedaba suspendida
como si las gotas estuvieran cosidas en el aire.

Entonces yo corría en todas direcciones
me montaba en los coches que me daba la gana
merendaba gratis en las pastelerías
pintaba tonterías en la cara de los señores serios
levantaba la falda a cuadros del misterio
ganaba por una vez mi partida contra el mundo.

Muchos años después  
juego a escribir estos poemas
es el único modo que he encontrado
de pulsar ese botón de vez en cuando. 



jueves, 15 de octubre de 2015

Recital en la casa de zitas "El amor es un terrorista suicida"



El pasado 26 de septiembre estuve recitando en La Casa de Zitas, un magnífico espacio cultural abierto en Zaragoza. De aquella noche me queda este regalo. Mi poema "El amor es un terrorista suicidad" recitado en un lugar tan especial. 





martes, 29 de septiembre de 2015

Saturno y mis sueños


 Voy a pintar mis sueños de amarillo,
que es el color de estas paredes,
y a pegarlos bien a ellas en silencio.
Voy a meterlos en el infierno de la tostadora
pero con trajes de bombero
Voy  a jugar con ellos de noche
 y a esconderlos de día en la nevera,
dentro de los yogures desnatados
o en el humilde cesto de la ropa sucia.

Voy a guardar mis sueños
en el cuarto de atrás de tu sonrisa,
y en los bolsillos revueltos de las noches de verano
Voy a hacer con ellos camaleones perfectos,
para que cuando llegue el hijoputa del Tiempo
con su enorme barriga a devorarlos
por una vez se trague
alguna otra cosa diferente:
esta piedra gigantesca de los lunes
por ponerle algún ejemplo.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

Epistemología de un pimiento



Son las doce menos cuarto de la noche
cuando aburrido ya de corregir exámenes
abro la nevera y en la balda superior,
como si fuera el corazón del frigorífico
encuentro maduro, solitario
y en principio incuestionable
un pimiento,
rojo.

Lo miro fijamente,
comparto con él unos segundos
y en su enigmático silencio de hortaliza
descubro con asombro  
que no sé bien qué estoy mirando

Se abre entre él y yo un abismo
de preguntas insondables
¿Por qué este pimiento es un pimiento?
¿Qué hace que se mantenga  pimiento tenazmente,
que no devenga puerro, calabacín o lata de cerveza?

Quiero decir
¿Es él quién lucha por perseverar en su ser?
¿O existe un orden superior que así lo determina?
¿En qué parte de su extraño cuerpo está su esencia?
¿Dónde la pimientalidad?
Si tras el pimiento está la cosa en sí
quizá deba despegar la pegatina imaginaria de su nombre
poco a poco  para que no se rompa
pi-         mien-         to
y entonces qué me queda

Pregunto
¿Más allá de todas mis intuiciones espacio-temporales,
de mis conceptos empíricos y puros
más allá del armario revuelto que llamo mi cerebro
más allá de mis ojos, mi idea y mi palabra
existe el pimiento como ser en sí?
¿O sólo existe para mí?
En definitiva
¿Hay pimiento?
¿Hay yo?
¿Hay hay?

Todas estas dudas tan kantianas
me asaltan una noche sin luna de septiembre
bajo la tenue luz de la nevera
desorientando el pequeño rumbo de mi vida.

Sin embargo, lentamente,
como un letrero de neón entre la niebla
como un cabo a tierra en mitad de la tormenta
se  dibuja sobre el fondo gris de mi conciencia 
una certeza doméstica
pero evidente, necesaria, indubitable:
Mañana sin falta tengo que hacer la compra.



martes, 18 de agosto de 2015

ADN


Parece imposible que quepa todo ahí
en una maleta tan pequeña
Si apenas se ve en el microscopio.
Debe estar todo bien doblado
como en un armario.
Apretujadas en sus compartimentos
casi todas las historias de mi historia.
Estos ojos marrones medio verdes,
encima de mi alergia a la penicilina,
esta rara intimidad con las palabras
al lado de mi tendencia a mancharme la camisa,
y un par de cajones más abajo
ahí no,
un poco más a la derecha,
¡ahí ¡
mi colon irritable.

Arriba,
en el cajón de lo tremendamente inalterable
la historia heterodoxa de mis dientes,
el modo en que camino, la calvicie,
las coordenadas exactas de todos mis lunares.
Y justo ahí, detrás, agazapada,
como una pantera confinada en una jaula
la enfermedad que intentará trasladarme al otro barrio.

Todo cabe aprisionado 
en esa especie de tirabuzón de nada
en ese escuálido muelle de colores.
que se habrá quedado así
de tanto quebrar la cintura de la muerte
de tanto jugar a los aminoácidos.
Que llevará siglos y siglos
saltando de tatarabuelo en tatarabuelo
siempre a punto de perderse para siempre
y siempre rescatado a tiempo
por las alas incansables del amor.

Y todo este despliegue de química precisa,
este prodigio minucioso,
este derroche de tiempo y proteínas
para que yo exista en esta tarde de verano,
para que yo no sepa emparejar los calcetines,
para que ahora me rasque tranquilamente la nariz
y piense un rato en tu sonrisa.


domingo, 12 de julio de 2015

Desobediencia


 Obedeciendo se extienden los imperios
se construyen ejércitos,
aviones supersónicos,
se levantan catedrales.
Demos gracias a la bendita obediencia
porque ella es la verdad y la cuadrícula del mundo
porque ella nos ha abierto este camino de progreso
en la selva cerrada de los siglos.

Por eso la enseñamos en el cole
Porque la recta es la distancia
más corta y aburrida entre dos puntos.
Por eso  nos prohíben seguir con la mirada
la espiral en vuelo de las moscas
y nos hacen amarrar en un establo del cerebro 
los caballos azules de los sueños.
Y nos aconsejan :
es mejor un solo pájaro en la mano
que una desbandada en la cabeza,
renuncia a tu trébol de diecisiete hojas
asesina al dinosaurio que duerme
al otro lado de tu frente. 

Y sin embargo de la maldita desobediencia
no nos dicen ni mú
porque no se necesitan soldados desertores
ni conductores de autobús con inquietudes.
No hacen falta jardineros que rieguen con ternura
todas nuestras interrogaciones
y por eso matamos a los perros
que siguen suspirando como lobos
y suicidamos a los oficinistas
enamorados de la fotocopiadora.

Nos olvidamos, sin embargo, de que esta historia,
la nuestra,
comenzó desobedeciendo:
aquel intrépido homo loquefuera
que regresó de las llamas del primer árbol ardiente
con un trocito de trueno entre las manos
con una rama de fuego doméstica y minúscula
es el padre de todos los que estáis leyendo esto

Somos el animal desobediente
el hijo protestón de mamá Naturaleza.

La desobediencia
no construye autopistas
es cierto,
pero nos ha hecho surcar el universo
con el pequeño cohete de nuestro dedo índice
Sacarle la lengua al pasado
y su negra procesión de nosepuedes.
Pintarle un ridículo bigote
a todas las verdades absolutas.

La maldita desobediencia
nos hizo cambiar el jardín del paraíso
por esta pensión llena de goteras y palabras
por esta pequeña habitación con vistas a la nada 

Y quizá no vaya a salvarnos del incendio
pero mientras el miedo se empeñe en que callemos
habrá que seguir arriesgando la garganta
aunque solo sea
para que el obediente silencio
no llegue a tener nunca
la última palabra.

jueves, 25 de junio de 2015

Ouija


Yo era el niño más cobarde de mi barrio
y quizá también de mi planeta.
Me mataban de miedo todos los espíritus
que brillaban en la noche inmensa de mis nueve años.
Mira ahí estoy yo
con mi pijama de lágrimas
el que está fabricando un escudo con la sábana
deseando que se haga de día cuanto antes.
.
¿Qué hace un niño rogándole 
al fantasma de su madre
que no se le aparezca?

Pero el miedo también es un país
y tiene límites.
No sospechaba, entonces, que las cosas
tuvieran la extraña costumbre de acabarse.
Se acabó aquel niño asustadizo
y llegó esta angustia con barba y nubarrones.
De aquellos cuervos retorcidos sólo queda
la jaula vacía que son estos poemas.

Hoy puedo ver pelis de terror mientras bostezo
y repaso la clase de mañana.
De vez en cuando cruza un fantasma este salón
y yo saludo pero no hago caso.
Las almas de los muertos  se cansaron de seguirme
desde que empezó a matarme de miedo
precisamente la posibilidad contraria:
que no existieran.